Los cuervos en Lund (Suecia) son diferentes…

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Eugenia Arria

eugenia@evospash.com

 

 

            Mudarse a un nuevo lugar no es solo cambiar de ciudad o país, es también cambiar de clima, olores, sabores, sonidos, árboles, animales… Desde hace menos de tres semanas que vivo en Malmö, una ciudad al sur de Suecia que queda muy cerquita de la capital danesa, Copenhague. De hecho, se separa de ella apenas por un puente; y, un poco más allá de Malmö se encuentra Lund, que es donde estudio. Esta última es una ciudad encantadora y te hace sentir que estás en un mundo a lo Harry Potter por las fachadas de sus edificios antiguos, sus pequeñas callejuelas y hasta los estudiantes que pasan en bicicleta como si de escobas voladoras se tratara. La Universidad que ahí se erige fue fundada en el siglo XVII y es una de las más antiguas del norte de Europa. Nada más al ver la biblioteca general de la Universidad, puedes palpar -con la vista- los años de sabiduría que esconde y, con ella, la belleza que despide.

            Es justo en  ese camino que va de la biblioteca al edificio del departamento donde me percaté de eso que me hizo pensar en cómo hasta las cosas generalmente desapercibidas cambian mucho de un lugar a otro. Al acercarse el anochecer, los cuervos se ponen de acuerdo para hacer un alboroto y gritar al mundo su existencia. Llenan los árboles de sus misteriosas siluetas y los adornan con nidos que muestran lo laborioso de su construcción. En Lund los cuervos son ruidosos y comunitarios, van de a manadas volando de un árbol para otro. Se acompañan entre sí y se distribuyen entre familias. Por lo menos una hora pasan proclamando sus movimientos, contando sus días a sus amigos y dando comida a sus pichones. Qué belleza poder escuchar cómo los cuervos de Lund suenan diferente, cómo no tienen las mismas tonalidades que los de Bergen, por ejemplo; cómo su temperamento es otro e incluso su manera de relacionarse con su entorno.

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            En Bergen, la ciudad Noruega donde viví por dos años, los cuervos eran solitarios, y máximo eran acompañados por uno o dos más de ellos. Hacían un chirrido de vez en cuando para marcar presencia, pero también -me di cuenta- para avisar a algún compañero que había conseguido alimento. Su voz era bastante mecánica, más proveniente de la tecnología que de la naturaleza. La voz de los de Lund es más apajarada y, lo diría así, más abierta. Quizás tiene que ver con el clima: acá no llueve tanto como en la ciudad noruega y tienen la libertad de mover sus alas por los aires sin necesidad de resguardarse.

 

            En eso estaba pensando hoy, en lo bonito de escuchar los pájaros y descubrir cómo una misma especie cambia sus comportamientos y hasta sus tonos (¿será que podríamos hablar de acentos?) dependiendo del topos en el que se hallen y formen sus vida. No sé si esto es posible científicamente, mas ésta ha sido mi impresión y, la verdad, no me parece extraño porque así como los humanos somos únicos e irrepetibles, también lo son las otras especies de animales. La próxima vez que viajes, por favor, escucha el cantar de los pájaros, de los grillos o de las ranas, y me dices, ¿suenan igual que en tu tierra o en esa ciudad anterior en la que viviste? Estoy segura de que te llevarás una grata sorpresa y te hará valorar, una vez más, la diferencia.

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