Navidad en Bergen, Navidad en todos lados

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Eugenia Arria

eugenia@evospash.com

 

 

            Salí del avión a una Bergen lluviosa. La humedad confirmaba el lugar, a pesar de la señalización, de clara inspiración posmoderna, que pretendía confundirme a mí y a los otros viajeros: “Bergen?”, se posaba sobre una rocas que daban la cara a la salida del aeropuerto. El juego podría ser más divertido si Bergen no fuera tan propiamente ella y si no pudieras, de solo pisar firmamento, palpar que no hay otro lugar en el mundo que se sienta así. La atmósfera es fresca y rociada, silenciosa; el tiempo se siente en un casi-amanecer eterno y los chubascos se han vinculado, inherentemente, al aire que se respira. Estaba aquí, en esta ciudad, sí; no en otro lugar.

 

            Cuando vine, no tenía en mente celebrar el 24, puesto que sabía que todos mis conocidos tenían las mesas llenas en casas de sus familiares. Mi idea era quedarme dentro, disfrutar de una cena y leer un poco. Sin embargo, apenas llegué a casa de unos amigos que me alojaron por unos días, me preguntaron si estaba lista para esa noche. Varias personas habían cancelado a última hora su presencia en la cena navideña, por lo que ahora había espacio de sobra para mí. Lista, lista, no estaba; pero pensé que sería interesante vivenciar una navidad noruega así fuera a último minuto. ¿Quién no tiene curiosidad de saber cómo celebran las Navidades en otros países? Estaba lista, sí, ahora sí.

 

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            La mesa estaba perfectamente decorada, con diferentes platos de diversos tamaños y copas que anunciaban más de una bebida. El plato típico servido era uno llamado ‘pinnekjøtt’, que consiste en costillas de cordero ahumadas y curadas en sal, papas al vapor, puré de colinabo (un tipo de tubérculo), salsa marrón y mermelada de frutos rojos. Entre los líquidos había un refresco que sale a la venta exclusivamente en navidad llamado ‘julebrus’, con un etiquetado bastante festivo; también había vino tinto (se abre la mejor botella para la fecha), cerveza y un licor que se va tomando cerca de cada mordisco. Este licor es bastante fuerte, se llama ‘akvavit’ y es hecho a base de papa destilada. Dicen que es bueno para la digestión, pero eso no puedo yo asegurarlo.

 

            Mi comida era diferente, pues era la versión vegana de la cena noruega y, la verdad, los sabores eran muy gustosos. No podría decir que eran intensos, sino más bien tenues y graves. Eran sabores que solo podría decir que son escandinavos, que me remiten al norte. La comida y la bebida se alargó por horas. Se empezó a cenar alrededor de las cinco y media de la tarde y nos vinimos a levantar de la mesa a las nueve de la noche. El banquete se usa para conversar, brindar y repetir la cena cuantas veces sea necesario. Los postres también abundan y las copitas de aqvavit entonan unas cuantas palabras aquí y allá. Todo se hacía más ameno por la luminosidad promocionada por las múltiples velas que adornan toda la casa. Esa sensación hogareña en plena navidad es alcanzada por el olor a cera quemada y algunos matices apinados.

 

            Una vez terminada la cena, todos se sientan alrededor del árbol de Navidad -repleto de regalos- y se empiezan a entregar, entre todos, los presentes que ahí se posan. Hay provenientes de varias familias y no solo de las personas que se encuentran en esa casa. Por eso, todos colaboran leyendo las tarjetitas “de Fulanita; para Fulanito” y van pasándose entre manos, como si se tratasen de tesoros, los regalos hasta llegar a los beneficiados. Las cantidades son enormes y los contenidos van desde bisutería, ropa y pequeños detalles hasta cubertería de lujo. A mis ojos, parecían más regalos de boda que de Navidad. En ese sentido, se ve que los noruegos se toman bastante en serio los regalos de diciembre. Incluso a mí, que fui de repente, me entregaron tres regalos. Pasaron, fácilmente, unos 90 minutos en esta parte de la velada, viendo los regalos con detalle y alegría. Eso sí, hay un momento en que esa emoción se transforma en sudor y hasta suspiros. Vaya problema del primer mundo, dirán, y pues sí. Hubo un momento en que varios se quejaban de cuántos regalos faltaban por abrir y organizar. Todos terminamos en una marea de papel y cintas brillantes, y apretados, muy apretados por los regalos. Nos devolvimos en un auténtico carro de circo: si me hubieran dicho que allí cabría un elefante, lo habría creído sin dudarlo.

 

            Al final, me di cuenta de que la Navidad en Noruega no se distancia mucho de la de mi país, Venezuela: las reuniones se basan en el compartir en familia mientras se come bien y se reparten regalos entre seres queridos. Bueno, en lo de los regalos los noruegos -o al menos estos noruegos- sí que se lo toman bastante a pecho. Aquí no había niños, ni “niño Jesús” ni San Nicolás: solo había adultos regalándose entre adultos y, aún así, la base del árbol parecía que iba a colapsar…

 

           

 

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