Bruselas, una ciudad con buen sentido de la estética y del convivir

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Eugenia Arria

Humanista e investigadora

eugenia@evospash.com

 

            Estuve un par de días en Bruselas ya hace más de cuatro años. Aún recuerdo con lucidez lo bella que es la ciudad: con sus edificios no muy altos, fijos uno al lado del otro y con colores perfectamente escogidos para hacer un juego de degradados y contrastes. El concreto estaba bien pensado. El concreto formaba una gran ciudad, tranquila y con un estilo de vida más bien amable. Y la amabilidad me hace pensar en esa mañana, de hace varios veranos atrás, en la que llegué al aeropuerto de la ciudad. Así lo pensé yo, y estaba equivocada. Había llegado al aeropuerto de Charleroi, el favorito de las aerolíneas económicas para los viajeros con destino a la capital belga.

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            Lo curioso de ese día es que la noche anterior me había intercambiado unos mensajes con mi prima, quien iba a esperarme ese día con mis tíos, en donde ella me decía que no había podido conseguir Wi-Fi y que iba a ser un poco difícil comunicarnos -pues ellos todavía no sabían en qué hotel quedarse- pero que iba a intentar informarme en cuanto supieran algo. Partí a Bruselas sin saber nada de la ciudad. Partí a Bruselas, el lugar de encuentro sin punto de encuentro. Cometí el error de ni siquiera googlear la ubicación del aeropuerto o lugares de referencia que pudieran ser útiles. Mi familia iba a la ciudad en tren desde Ámsterdam y yo en avión desde Madrid, por lo que encontrarnos por sorpresa no era siquiera una posibilidad.

            Cuando aterricé en mi destino no-destino-final, recibí un mensaje de mi prima Mariana, en el que me informaba de su llegada exitosa. Consiguió Wi-Fi en la oficina de información para turistas de la ciudad. Me dijo que ellos iban a estar “por ahí, por el centro, al lado de una estación de tren” y que nos podíamos encontrar en la mencionada oficina más o menos a cierta hora. Ella sabía los horarios de mi vuelo, así que calcular el tiempo aproximado no era difícil. Lo que ella no sabía es que yo no iba a llegar al aeropuerto principal de Bruselas, ya que ni yo lo sabía. Cualquier cálculo de horas era inútil y errado. Yo estaba calmada cuando recibí el mensaje y pensé que todo estaba en orden. Sin embargo, cuando salgo del aeropuerto me doy cuenta de que hay autobuses y taxis que van con destino a Bruselas. Veo que el aeropuerto no dice Bruselas por ninguna parte. Intento buscar teléfonos dentro del aeropuerto, ya que el infame plan de servicios que tenía en mi celular me cortó la línea apenas superé la frontera española (cosa de la que yo tampoco tenía noticias), y veo que tienen un particular sistema de funcionamiento. Debía comprar una tarjeta en un local específico para poder llamar o, si no, creo que con monedas que no tenía (gran error). Un señor local me ve mi cara de confusión y se me acerca ofreciéndome ayuda en francés. Yo no hablo francés y él no hablaba ni inglés ni español. De todas formas, nos intentábamos entender con algunas palabras que sonaban parecido y muchas muecas. Nos reíamos mucho y, además, nos entendimos. Él me ayudó a usar el teléfono y me dejó unas monedas al ver que la tarjeta había sido gastada por arte de magia -sí, se me acabó el saldo por las veces fallidas en las que cayó la contestadora-. Yo le conté como pude toda la situación, diciéndole que quería ir a Bruselas, y que sólo tenía el dato de que mi familia estaba en el centro, cerca de una estación y probablemente esperándome en la oficina de turismo. Él intentó explicarme también como pudo lo que debía yo hacer: tomar un bus, ir hasta una estación llamada Bruselas-Midi y allí preguntar cómo dirigirme hasta el centro. Al final, no pude comunicarme con mi familia (aprendí después que fue por causa de una batería muerta), pero sí con un señor de una cultura e idioma diferentes. La humanidad nos bastó para hablarnos y entendernos. Fue un buen momento.

            Me despido de mi pequeño héroe y le agradezco con entusiasmo. Tomo el bus rumbo a Bruselas, ubicada a unos 55km de mí. Me esperaba aproximadamente una hora (más) de viaje. Mi familia debe estar preocupada, pensé. En el autobús fue difícil preguntar información porque todos hablaban francés, pero logré entender -con gestos sobresaltados- que debía bajarme YA. Vi la estación, la primera, en la que debía ahora tomar un tren al centro (¡qué palabra tan amplia y qué pocos referentes yo tenía!) de Bruselas, ¿pero cuál era la estación? Me las ingenié o, quizás debería decir, nos las ingeniamos los locales y yo para descubrirla. Al salir, veo a una pareja de jóvenes y pienso: “ah, ellos deben hablar inglés”. Les pregunto si estoy en el lugar correcto tras darle los únicos detalles que yo tengo, una estación céntrica y una oficina de turismos cercana con Wi-Fi gratuito. El chico me dijo que hablaba muy poco inglés pero me dijo que seguramente yo estaba en el sitio que le describía, pues era la parte más turística y había una oficina relativamente cerca. Me explicó hacia dónde caminar. Me despedí gentilmente de la pareja y empecé a caminar. No tuve que avanzar más de 20 segundos para escuchar los gritos de mi tía y mi prima y ver, meciéndose, los brazos de mi tío. Allí estaban ellos, tomando vino de lo más tranquilos, sonrientes. Su actitud me hizo relajarme. Sentí que todo había salido a la perfección a pesar de la poca planificación y todos los inconvenientes. La alegría de ellos y su francés improvisado, pidiéndome algo para comer y beber, me hicieron sentir en hogar. Me hicieron sentir en su casa de Caracas, a pesar de que estábamos rodeados de muchos turistas y belgas que hablaban diferentes idiomas entre sí; a pesar de que estábamos en una plaza europea, con varias maletas, compartiendo al aire libre sin la preocupación de que alguien pudiera hacernos daño... Qué agradable y mágico reencuentro.

            Lo agradable se juntó con la belleza de la ciudad y la amabilidad de su gente. Por fin veía esos edificios tan fotografiados con mis propios ojos y podía contar sus ventanitas rectangulares. La arquitectura flamenca nos encantó, como si se tratara de un hechizo, y no podíamos sino admirar con gran placer y serenidad. Los cafés parecían sacados de un cuadro o de una ciudad de muñecas. Las tienditas rebosadas de bombones belgas eran calurosas y atrayentes. Los olores acaramelados, achocolatados y apanaderados arropaban las callecitas. El contraste de las líneas blancas, geométricamente en orden, con el resto de los edificios me hacía querer pintarlas y dibujarlas en mí. Los vitrales se unían a la fiesta estética de la simetría entre lo histórico, lo estructural, lo musical y lo vital. La ola turística no se nos aparecía desagradable: era como si el aire de la ciudad organizara por sí mismo el caminar civilizado de las personas.

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            Y hablando del carácter civilizado de las personas, me conduzco hacia otro espacio que llamó nuestra atención. Era la plaza principal, llamada Grand-Place, envuelta por edificios que la formaban dentro de un rectángulo grande en el centro. Los edificios eran imponentes, no necesariamente por su altura, sino por sus fachadas con detalles en oro haciendo simbiosis con el resto de los materiales. Los destellos dorados eran sutiles, daban sobre todo luminosidad a las estructuras y a la plaza. Lo que si no era sutil era una gran escultura ecuestre, totalmente dorada y bañada en oro en la punta de uno de los edificios. El costoso mineral no estaba mediado por eso, por su costo, sino por su simbolismo y la estética armoniosa que daba a ese espacio solemne. Por si fuera poco, había un festival en plena plaza. Estaba lleno de gente, pero todos cooperaban, sin esfuerzo, a que cada persona que pasaba pudiera ver lo que ocurría. Todos éramos bienvenidos. Se trataba de un espectáculo que era parte de un festival de origen medieval y religioso llamado “Ommegang”, que más adelante se tomaría, también, como conmemoración de la llegada de Carlos V a las tierras flamencas.

            La plaza estaba llena de banderas, colores y trajes diversos. Había una especie de baile, desfile y marcha al mismo tiempo. Había tribunas, y unas reservadas para la familia real de Bélgica. Había waffles y bebidas. Había risas y caras sorprendidas. Había niños con sus familiares y había cuatro individuos disfrutando del azar de ese día y de la alegría de compartir en compañía. Esos individuos éramos nosotros. Y eso nos llevamos de Bruselas, no sólo sus bellos jardines, edificios y dulces, sino el sentimiento familiar y de celebración que nos hizo sentir. Bruselas nos habló de estética y de convivir.

 

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