Sobre lo que nos da aprender otros idiomas

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Eugenia Arria

Humanista e investigadora

eugenia@evospash.com

 

            En un artículo pasado reflexionamos sobre por qué aprender un idioma va más allá de la utilidad del intercambio comunicacional entre personas de diferentes orígenes (para leerlo sólo debes dar click en el siguiente enlace: http://evospash.com/blog/un-idioma-es-mas-que-comunicarse). En él, hablamos de cómo los idiomas, a lo largo de la historia, se han construido apegados a una cultura e idiosincrasia la cual conservar. Un idioma pertenece a una cultura, es intrínseco a ella. Por esa razón, decíamos en el mencionado artículo, “aprender un idioma es mucho más que entenderse con los demás en la mera conversación u obtención de información; aprender un idioma es entrar en una cultura, es (con)vivirla desde dentro”. Hablar otro idioma es, pues, un proceso y, podríamos decir, un viaje en sí mismo, que te permite comprender con más profundidad otra cultura y otra visión de mundo.

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            Este viaje, no obstante, no sólo te lleva a un conocimiento y comprensión diferentes, más cercanos -si se quiere-, de una otredad específica, sino también a un estado interno y corporal interesantísimo. Es evidente que dedicarte a conocer una lengua diferente a la tuya implica un esfuerzo. Debes memorizar nuevas palabras, entender cómo funcionan las conjugaciones, cuidar la sintaxis y el uso apropiado de las preposiciones, por dar algunos ejemplos. Debes estudiar. Requiere esfuerzo y tiempo, los cuales se ven premiados una vez que logras intercambiar, aunque sea en el escenario más trivial, algunas palabras orales o escritas con una persona nativa del idioma en cuestión. Claro está, necesitas tener el entusiasmo y las ganas de querer aprender bien el inglés, el alemán, el mandarín, etc.; ya que es algo que no se aprende de un día para otro sino que es un constante entrenamiento y, en este sentido, un constante aprendizaje. Tu mente no deja de trabajar y mantenerse activa. Es como si construyeras en ella un cajón nuevo, en el que cada palabra va haciendo de objeto almacenado. Este cajón tiene su propia organización y sus propias categorías, como si de un archivo se tratara. Lo mejor de todo es que puede ocupar todo el espacio que tú necesites y es proporcional al tiempo y a la práctica invertidos. Entonces, estudiar otros idiomas te da nuevos conocimientos, nuevas herramientas cognitivas y, por supuesto, la satisfacción de alcanzarlos.

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            Por otro lado, y creo que es lo más divertido y curioso, aprender nuevas lenguas te hace utilizar de una forma distinta tu cuerpo y, para ser más específicos, todo tu sistema vocal. Es algo en lo que quizás no te has percatado conscientemente, pero si pones un poco de atención, te darás cuenta. Cuando pronuncias esos fonemas propios del portugués, el francés, el noruego o el inglés, la posición de tu lengua y tus labios cambia drásticamente entre un idioma y otro. Incluso si es el sonido de una “misma” letra, por ejemplo de la ‘e’ o la ‘p’, te percatarás de que para pronunciarlo de manera correcta debes hacer un trabajo físico, bucal (y vocal) al cual no estás acostumbrado. La entonación, la pronunciación y la intensidad dependen de cómo utilizas tu sistema vocal. El estudio de nuevas lenguas te hace tomar consciencia de esos sonidos que no conocías, pero que eres capaz de hacer (y mejorar) con la práctica, y de cómo nuestro cuerpo (por no mencionar aquí la gestualidad y esos otros factores extralingüísticos importantes en la comunicación) cumple un rol crucial en el hablar. Dominar una segunda lengua no es un ejercicio exclusivamente mental.

            En fin, hemos querido reflexionar un poco sobre lo provechoso que es aprender nuevos idiomas para nosotros como individuos, en el sentido de que implica un trabajo constante (y que vale la pena) sobre nosotros mismos, nuestra mente y nuestro cuerpo. Y a ti, ¿qué te da o de qué te hace tomar consciencia estudiar otras lenguas ajenas a la tuya?

           

           

 

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