Zúrich, una ciudad para recorrer en bicicleta

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Eugenia Arria

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            La ciudad de la serenidad se siente mejor sobre ruedas. Al menos ese fue mi pensamiento después de haber pedaleado los primeros cinco minutos, que se extendieron por horas y días. Ya venía preparada de Brujas, y me había gustado, ¿por qué no pedalear aquí también? Me di cuenta de que su serenidad era de una clase diferente. Era móvil. Vital. Con la tranquilidad de saber que el tiempo pasa bien. Era equivalente a mi flujo por la ciudad. Era equivalente a esa brisa que chocaba con mi piel y que, yo sentía, me exaltaba. Eso era, el tiempo que pasaba teñía la ciudad de belleza, de ganas de vivir y, sobre todo, de apreciar el momento presente.

 

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            Estuve poco tiempo en Zúrich, pero puedo decir que es una de las ciudades que más me han gustado de Europa, de esas que se insertan en la categoría del “podría vivir aquí”. Es una ciudad amigable, con una arquitectura que complace a cualquiera y con áreas verdes en donde los jóvenes y las familias se recrean, despreocupados. Hay mucha actividad. Hay personas creando por todas partes: en el parque, en la estación, en las esquinas, en el café acogedor con panes y pasteles típicos del lugar… Es una ciudad de creativos o, quizás, de momentos creativos. Eso se ve y se respira. El primer día que estuve allí, el clima era favorable. Hacía sol. Y el sol no estaba enfadado: lo contrario, se reunía con el viento para convertir sus rayos en pequeños soplidos, sutiles y benévolos. El día era perfecto para crear, sin duda, y también para andar en bicicleta.

 

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            Los conductores respetaban nuestro rodar. Teníamos nuestro espacio. A veces me daba la impresión de que nos sonreían, saludándonos. En un momento determinado nos encontramos a un niño, que estaba de copiloto en una camioneta, bajando el vidrio de su ventana. Se dirigió a nosotras. Nos preguntó lo mismo en tres idiomas antes de pasar al inglés. Quería saber dónde habíamos alquilado nuestras bicicletas. Ah, Zúrich y el niño políglota. Continuamos explorando y sintiéndonos ya parte de la ciudad. Tomamos un pequeño descanso para formar parte de la comunidad que se erigía, de manera espontánea, en un parque a la orilla del lago. Nos sentamos debajo de un árbol, entre el agua y una construcción amurallada que nos hacía sentir en los jardines de un palacio chino. Vibramos en la fusión de dos culturas o más, si consideramos las múltiples lenguas que escuchábamos a nuestro alrededor.

 

            Debo volver. El haberme recorrido Zúrich en bicicleta me hizo formar parte de ella. Sentir que no era ajena, sino parte de la heterogeneidad reunida, armónica. Sí, las ruedas -por alguna razón- me hicieron pertenecer. Ahora sólo me toca vivirla más despacio, con más tiempo, sin ruedas, paso a paso.

 

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