Viajar es cualitativo, no cuantitativo

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Eugenia Arria

eugenia@evospash.com

 

 

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                Muchas son las personas que viajan para tachar listas y no para disfrutar de la experiencia en sí misma. Sí, es muy gratificante visitar numerosos lugares y tener diversas historias para contar, escribir o recordar; pero en eso no deberían basarse tus viajes. De hecho, mientras viajas sólo pensando en la cantidad, muy difícilmente tengas en serio cosas por contar o, incluso, recordar. Ya se convierte en una diligencia que hay que hacer, no por satisfacción, sino por mero cumplimiento, mera obligación. Los viajes están para disfrutarlos y vivirlos, y no se puede hacer esto si una tarde estás en París y ya en la noche en Berlín, al día siguiente en Ámsterdam, luego esa misma noche Oslo y así sucesivamente. Es cierto, no obstante, que a veces no tenemos otra opción, y queremos aprovechar un fin de semana, por ejemplo, o pocos días de vacaciones para conocer al menos dos ciudades. No pasa nada, se puede aún disfrutar, pero vas con esa mentalidad de viaje exprés, de hacer unas pocas cosas y no de conocer a profundidad esos lugares. La pregunta sería la siguiente, ¿viajas por la experiencia con múltiples experiencias que quedará plasmada en ti para siempre o viajas para conocer sólo un poco de muchos lugares en la menor cantidad de tiempo posible?

 

            Si tienes más tiempo, o incluso si es apenas un fin de semana, mi recomendación es que le saques provecho al lugar, no al tiempo. Por eso muchos viajeros (sí, sí, que se dedican a viajar) se toman un año o más para conocer diferentes países, para hacer un recorrido continental. Ellos saben que para en realidad adentrarse en un país, es necesario sumergirse en su cultura y todas sus manifestaciones: no es nada más admirar y apuntar la cáscara; es más bien rasgarla, abrirle fisuras para ver dentro y, si fuera posible, romperla para acceder por completo. Viajar es un proceso humano, cultural. Viajar no es cumplir un récord (a menos que sea algo que te hayas propuesto). Lo que importa es el valor que hayas extraído de ello, las experiencias aprendidas y adicionadas a tu baúl de conocimientos y recuerdos.

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            Por eso, da igual si nada más pudiste conocer una ciudad en Semana Santa. De hecho, ¡bravo! Qué bien que hayas podido disfrutar de una ciudad por varios días, de recorrer sus rincones, sus museos, hablar con su gente, probar sus sabores… Parece que hoy en día todo debe sumar y sumar; todo debe ser masivo, incluso nuestras experiencias. Es como si nuestro valor estuviera determinado por la cantidad de cosas que hacemos o dejamos de hacer, por la cantidad de likes y seguidores. No dejes que esta bruma contemporánea atrape también la esencia de tus viajes. Recuerda que conocer el mundo no es necesariamente conocerlo todo, es reconocer la diferencia, y cuando tengamos la oportunidad de viajar a lugares otros, intentar comprenderlos lo mejor posible (y pasarlo lo mejor posible) dentro de nuestras posibilidades. Es recorrer esa nueva ciudad para ti a tu paso, haciendo lo que te gusta y también abriéndote a aprender de y con la novedad. Es ir con calma, no perder la paciencia ni estresarse porque tus conocidos estén en cinco ciudades diferentes en una semana. Cada quien va a su ritmo, tú ve al tuyo y mejor si vas sin prisas. Luego podrás decir que, verdaderamente, viajaste a esos sitios (o a ese sitio), que los viviste. No se trata de una carrera, se trata de viajar para nutrirnos, para vivir con intensidad. Y tú, ¿para qué viajas?

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