Tres cosas que no debes olvidar en casa (cuando viajes)

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Eugenia Arria

Humanista e investigadora

eugenia@evospash.com

 

            Es verdad que, al hacer el equipaje, es importarte guardar lo esencial para tu viaje al extranjero de acuerdo al tiempo de estancia, al clima, a la estación del año y al lugar específico. Sabemos que debemos ahorrar el mayor espacio posible pero, al mismo tiempo, sabemos que debemos guardar algunos objetos necesarios (sin mencionar el pasaporte y otros imprescindibles) para la nueva aventura que viene. El hecho de empacar justo lo adecuado y lo que en realidad hace falta (o al menos lo que pensamos que es así) nos da una sensación de seguridad y, de alguna manera u otra, nos prepara psicológica y emocionalmente para el viaje. Es como si las cosas nos permitieran aferrarnos a ellas, como si se tratara de amuletos, para poder sentir que todo estará bajo control o, al menos, que casi todo estará bajo control (lo suficiente para estresarnos lo menos posible y para disfrutar lo más posible). En este sentido, llevar esos objetos que nos causan tranquilidad y sensación de confianza con respecto al viaje es algo que todos deberíamos hacer. Eso sí, sin exagerar: debemos tomar en cuenta todas las variables independientes, es decir -y como ya mencionamos-, las condiciones climatológicas del lugar de destino, el tiempo que pasaremos ahí, el límite de equipaje, etc. Y dentro de estas condiciones y limitaciones, llevar algunos de esos objetos.

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           Por otro lado, hay también ciertas cosas que no debemos dejar en casa cuando decidimos emprender rumbos en tierras otras, las cuales no son, ni por poco, materiales: tienen que ver más con una disposición mental y anímica, ya que viajar es una experiencia muy humana, muy subjetiva, que nos pone cara a cara con la otredad; nos despliega paradigmas y nos comunica demasiado. Viajar, sin duda, nos cambia. Pero para poder dar acceso a ese cambio, a ese despliegue, a esa comunicación, debemos llevar con nosotros, como mínimo, tres cosas:

1.      El entusiasmo. Esta emoción es el primer motor del viaje: debemos sentir el entusiasmo de, en efecto, conocer algo nuevo, un nuevo paisaje, una nueva gastronomía, nuevos rostros… Es lo que nos mueve a comprar los pasajes, a decidir el lugar de destino y a explorarlo una vez que llegamos. Es esa especie de energía que nos inyecta la novedad. Esto no quiere decir que todo debe ser feliz y colorido, pero sí que esa motivación inicial nos recuerde siempre el por qué comenzamos el viaje y nos permita mantenernos con el ánimo necesario para seguir descubriendo eso que tanto queríamos conocer (y que necesita ser conocido).  

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2.      La curiosidad. Esto es, mantener latente el deseo o la inclinación de conocer lo desconocido, de aprender de él y comprenderlo. Ya no es el motor-entusiasmo que nos llena de conmoción a lo nuevo, sino lo que realmente nos acerca a lo nuevo. Ser curioso es despojarnos de los prejuicios para aprender, es emprender un viaje dentro del viaje: el del descubrimiento, el del desvelamiento. La curiosidad es, pues, necesaria para percibir y observar con atención esas cosas que nos interesan e, inclusive, la que no nos interesan tanto. Sin ella, no podemos abrir nuestros horizontes ni, tampoco, ver más allá de ellos.

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3.      La sensibilidad. Si queremos realmente disfrutar y comprender las culturas en las que entramos a través del viaje, nuestra sensibilidad debe estar abierta. En ella está la clave para dar paso a la comunicación intercultural, por ejemplo. Si somos sensibles, si nos dejamos afectar por el entorno nuevo, significa que estamos viviendo la experiencia y no simplemente mirando. Vivimos cuando podemos identificar o apreciar las historias detrás de los monumentos y las dinámicas de los locales; miramos cuando no nos interesa más que “la fachada” de todo. Vivimos cuando somos capaces de intercambiar emociones genuinas con las personas del lugar y cuando probamos sus comidas típicas sin ofuscación; miramos cuando el contacto humano o la experimentación no nos llama la atención, sólo nuestra comodidad. Estos son tan sólo ejemplos: tú decides si quieres vivir el destino o sólo mirarlo.

            Evidentemente, hay una gran cantidad de disposiciones subjetivas que podríamos llevar en y con nosotros a la hora de tomar un medio de transporte que nos lleve a otro lugar ajeno; pero aquí sólo hemos querido resaltar las que consideramos más cruciales. Si piensas que alguna debería ocupar el lugar de otra o si crees que una extra haría la numeración mucho más rica, ¡inclúyela! Lo importante es que disfrutes y saques el máximo provecho de tu experiencia internacional. Nosotros te dejamos, por los momentos, el siguiente mensaje: vive y crea experiencias desde el entusiasmo, la curiosidad y la sensibilidad.

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