Tres cosas que he aprendido viajando

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Eugenia Arria

Humanista e investigadora

eugenia@evospash.com

 

            Todos hemos aprendido cosas con cada viaje, por muy minúsculas que sean. Algunos aprendizajes son más trascendentales, otros no tanto; algunos te hacen pasar un mal rato y otros quizás algunas lágrimas de alegría… No todos son iguales, ni igual de buenos, ni igual de cruciales. Aunque, es verdad, todos son valiosos: nos han enseñado desde la otredad, desde nuestra mirada que des-cubre lo nuevo para intentar asirlo y tocarlo con las manos. Aprendizajes hay, pues, en todos esos lugares que visitamos, bien sea dentro de nuestras fronteras o más allá de ellas. Yo, desde niña, he viajado y he amado viajar. Una de las razones por las que me gusta viajar es que alimenta mi sensibilidad y mi necesidad de comprender (o intentar comprender) el mundo y, de esta manera, apreciarlo más. No puedo hablar en unas pocas líneas, sin embargo, sobre todo eso que siento que he aprendido en tierras ajenas (y aquí incluyo las tierras más allá de mi ciudad); pero sí puedo hablar brevemente sobre tres cosas más generales que he podido palpar en mí y que sé que otros viajeros las han sentido de alguna manera.

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            En primer lugar, me he dado cuenta cada vez más de que el contacto humano es importantísimo, pues ¿cómo conocer realmente una cultura sin interactuar con su gente? Cada intercambio, aunque no sea lingüístico, te permite acercarte más al lugar que estás conociendo, te permite comprenderlo más y, por supuesto, disfrutarlo más. El viaje te saca del ensimismamiento y te abre al sentir humano, al contacto humano. Sólo así se puede recoger frutos y disfrutar realmente del proceso del viaje: a través de la experiencia intersubjetiva.

 

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            En segundo lugar, todo lugar se lee diferente. No podemos llegar con los mismos códigos o prismas para todos los sitios. Debemos librarnos de nuestros prejuicios e incluso hacer que nuestra (previa) visión de mundo no interfiera en la apreciación de la nueva cultura y sus costumbres. Esto puede ser complejo en ciertos casos, pero en este sentido el viaje también se convierte en un viaje interior que nos lleva a construirnos, formarnos y prepararnos de una forma que nos permita, desde la sensibilidad, percibir y valorar esa otredad que se encuentra ante nuestros ojos. Cada lugar es diferente y, por tanto, debemos leerlo -y leernos- diferentemente. El viaje es constante y cambiante, así como nosotros.  

 

            Por último, es probable que te des cuenta de que por mucho que visites una misma ciudad, pareciera que nunca la conoces por completo. Esto siempre nos pasa si vamos a una ciudad al menos un par de veces o, incluso, si llegamos a vivir en ella por algunos años. Es como si el tiempo escaseara aún más -y con radicalidad- a la hora de descubrir y conocer novedades en un mismo lugar. Siempre surgen cosas nuevas, nuevos movimientos culturales, actividades, museos… Siempre hay algún rinconcito desconocido que vale la pena conocer. Podemos decir, a su vez, que cada lugar merece ser re-descubierto: los lugares, al igual que el viaje y nosotros, mutan también.

 

            En fin, aquí intenté presentarles tan sólo tres cosas que resaltaría si me pidieran que resumiera lo aprendido en la experiencia del viaje, ya que cada una de ellas se repite en todo lugar visitado. Claramente, de estos tres puntos tan generales se pueden extraer otros más específicos que tengan que ver más con los códigos locales y regionales de los destinos. De igual forma, se podría elaborar mucho más sobre cada uno de ellos. Sin embargo, mi objetivo hoy era apenas dar un abreboca para, en realidad, invitarlos a ustedes a reflexionar, pensar y valorar esas cosas (o cositas) que, al momento de pisar tierras otras, han impregnado en su individualidad cierto aprendizaje, enseñanza o forma de ver el mundo.

           

 

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