Mi palabra favorita del portugués (y del mundo): ‘saudade’

 

Eugenia Arria

Humanista e investigadora

eugenia@evospash.com

 

 

            Hay palabras que no tienen una traducción exacta posible. Hay palabras que deben entenderse de otra manera que no tiene que ver exactamente con su literalidad. Hay palabras que, por sí sozinhas (solitas), tienen una carga poética tremenda y están tan vivas como los relámpagos del Catatumbo: siempre encendidas, siempre aparecientes. Tienen espíritu o, mejor, las hemos llenado de un espíritu intrínseco a la lengua, a la cultura en la que surgió. ‘Saudade’ es una de ellas, y viene del portugués. No podemos traducirla tan sólo como ‘nostalgia’ o ‘añoranza’. ‘Saudade’ no abarca un sentir nada más, abarca muchos, abarca un estado completo y, me atrevo a decir, un vivir o un ojo del vivir. Es una atmósfera tenue e, inclusive, flemática: es esa sensación oscilante entre la añoranza, la melancolía y la solitud. Es un sentir que reúne a todo el cuerpo y lo hinche en sonoridad sin permitir la detonación. Es mediana y densa: un aire espeso.

Por todo lo que esta palabra es o, quizás debería decir, por todo lo que siento que es, ha de ser la palabra más bella que he escuchado jamás. Incluso su pronunciación, con sus vocales abiertas intercaladas y su última sílaba que parece cerrar abruptamente el aire, me dice algo de su naturaleza que no puedo dejar de apreciar: está entre la apertura y la clausura, es decir, en la suspensión. No podría, entonces, traducirla meramente como ‘nostalgia’, puesto que ésta indica lo abierto invertido de ese pesar que ha vuelto al pasado para dar cuenta de su ausencia que se echa en falta. Es, pues, abierta e infinita. La ‘añoranza’ también es abierta; sin embargo, gracias a la ‘ñ’, que trae en movimiento hacia el adentro y arrastra, parece delimitarse al pecho humano, al cuerpo. Por eso, colinda con la ‘saudade’ y le inyecta un poco de su carácter. Aunque la añoranza es más puntual y concreta: algo se añora. La saudade es más amplia y no tiene un referente específico (pero sí puede partir de uno). La saudade es lo abierto que habita en la suspensión y reposa, con los ojos abiertos, en el cuerpo limitado.

 

En Portugal, que es donde he estado y donde actualmente estoy, me he inmiscuido con y en ella. La tierra lusitana me ha permitido darle forma y sonido. Las fachadas roídas y con colores apastelados me hacen sentir saudade de un tiempo que pasó y no viví. No tengo un referente claro, sólo indicativos y retazos. La ciudad de Lisboa, por ejemplo, me los da. Me hace respirarlos en una atmósfera que ya se acostumbró a ese sentir, que se hizo para ese sentir y que engendra, entre sus callejuelas, ese sentir. Los fados, por su parte, me permiten vislumbrar a qué suena. Veo un desgarro que ya fue remendado o, es mejor decir, que sólo vino remendado. Escucho un sentimiento que me hace pensar que sólo es posible hilarlo en soledad. Me erizo ante una voz que parece venir de las entrañas (si es que no hay algo más adentro). Oigo un soplido atrabiliario que me detiene y advierto el yermo perdido que ha decidido morar aquí, en mí.

            Los invito, en fin, a envolverse en saudade conmigo. A continuación, dos videos: uno es de la gran Amália Rodrigues, ícono del fado portugués, y el otro es de Fernando Farinha, el “Miúdo da Bica” que vino a este mundo a cantar fados y nada más.

Eugenia ArriaComment